miércoles, 30 de diciembre de 2020

Baba

> Por Oliverio Girondo.


Es la baba. Su baba. La efervescente baba. La baba hedionda, cáustica; la negra baba rancia que babea esta especie babosa de alimañas por sus rumiantes labios carcomidos, por sus pupilas de ostra putrefacta, por sus turbias vejigas empedradas de cálculos, por sus viejos ombligos de regatón gastado, por sus jorobas llenas de intereses compuestos, de acciones usurarias; la pestilente baba, la baba doctorada, que avergüenza la felpa de las bancas con dieta y otras muelles poltronas no menos escupidas. La baba tartamuda, adhesiva, viscosa, que impregna las paredes tapizadas de corcho y contempla el desastre a través del bolsillo. La baba disolvente. La agria baba oxidada. La baba. ¡Sí! Es su baba. Lo que herrumbra las horas, lo que pervierte el aire, el papel, los metales; lo que infecta el cansancio, los ojos, la inocencia, con sus vermés de asco, con sus virus de hastío, de idiotez, de ceguera, de mezquindad, de muerte.

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