miércoles, 29 de febrero de 2012

Viento de cola

> Por Biciman.©
El viento avienta suave y arremolinado, ni de acá ni de allá, viene del mar y me envuelve, o sale del piso, me atraviesa y vuelve al mar. El temple del clima es templado y gangoso, ni moja ni seca ni da mucho que hablar. La vista es una mujer, sin nada más que agregar. El pronóstico es ignoto, un quinoto rosado en medio de un rosedal. La sensación es noventa por ciento de "no-no", cinco por ciento de "sí-perono" y cinco por ciento de "sí-comono". Hay una mínima probabilidad, porque la probabilidad siempre es mínima, de que el viento rectifique su rumbo y venga de acá o de allá no importa, si yo lo mido, lo entiendo, me muevo, y me pongo así o asá no importa, importa que el viento me atropelle la cara, me desmarque algunas marcas, me entreceje los ojos, me electrifique los labios, y me peine como prócer en su caballo de Troya, penetrando la tormenta más esperada, desesperado de tanto esperar. Llantos, cantos, siglos, sismos, avalanchas de soledad, que caen adentro, y me caigo adentro, una vez más, para darme cuenta, otra vez más, que ese viento tan corajudo no era tal viento, era viento de cola de Satanás, que pasó muy cerca y reflejó agua donde antes había salar. Ese viento avienta suave y arremolinado, no viene de acá ni de allá, viene del mar y te envuelve, o sale del piso, te busca, te atraviesa el cuerpo, te gusta, te gusta demasiado, y vuelve a ser mar.